Se va a cumplir ya un año desde que tuve la genial idea de escribir una carta personalizada a todas aquellas personas que me rodean y me importan, pero no sólo la idea, sino la ejecución. Ahora lo veo desde la lejanía y me alegra un montón haberlo hecho, ya que era una de esas acciones que tenía en mente y que quería tachar de mi lista.

Aprendizajes

Hay muchos aspectos a destacar en esta labor que me llevó meses realizarla. Lo más destacable fue perder el miedo a hacer algo que le tenía mucho respeto, ya que abrirte y contar lo que piensas sobre alguien, es algo que no todos nos atrevemos a realizar. En el anterior post hablaba sobre charlas sinceras, pero a diferencia de ellas, en este caso se trata de un pequeño monologo, donde no hay ningún tipo de respuesta en el momento, simplemente te explayas en lo que piensas sobre alguien sin miedo al que dirán. Otra cosa que aprendi es a mantener una constancia a la hora de escribir las cartas, me planifique un horario para ello y todos los días cuando me levantaba era el turno de redactar sobre dos personas. Esta fue la primera parte de la tarea.

La segunda fase fue hacer la entrega y esta claro que este es el gran paso. Puedes tener acabadas las cartas, pero si no haces la donación a la persona, es como si no hubieras hecho nada. Aquí, volver a vencer ese pequeño temor fue lo que más me agrado. En ese momento ya había terminado mi trabajo, no me importaba que hubiera respuesta por parte de la otra persona y este fue un gran aprendizaje, darme cuenta que si no esperas nada vives mucho mejor.

El tema de las cartas surgió para liberar mi mente de pensamientos y eso fue lo que hice. La consecuencia más lógica es que hubiera una respuesta por parte de los receptores, en el siguiente post te cuento un poco con números lo que sucedió, cuantas cartas hubieron, cuantas respuestas, si hubo alguna sorpresa… y alguna cosa más.

Foto: Meghan Davidson