A lo largo de esta serie hemos visto que preguntar abre nuevos horizontes, que responder nos permite seguir avanzando y que ambas acciones se necesitan mutuamente para mantener vivo el aprendizaje. Sin embargo, mientras escribía estos artículos apareció una idea que terminó convirtiéndose en la reflexión más importante de todas.
No fueron las preguntas que hacemos las que más llamaron mi atención.
Fueron las que evitamos.
Porque, en ocasiones, aquello que decidimos no preguntar dice mucho más de nosotros que cualquier respuesta que podamos llegar a encontrar.
No preguntar también es una decisión
Cuando pensamos en una pregunta solemos imaginar curiosidad, interés o ganas de aprender. Sin embargo, también existen preguntas que permanecen en silencio.
No porque no se nos ocurran.
Sino porque intuimos que su respuesta podría incomodarnos.
A veces evitamos preguntar porque creemos que ya conocemos la respuesta. Otras veces porque no tenemos intención de cambiar aquello que ya pensamos. Y, en muchas ocasiones, simplemente porque sospechamos que descubrir algo nuevo nos obligará a replantearnos nuestras certezas.
No preguntar también es una forma de responder.
Es decidir que, por ahora, preferimos no abrir esa puerta.
Las preguntas incómodas suelen ser las más valiosas
Con el paso del tiempo he descubierto que las preguntas importantes rara vez son las más fáciles.
Son aquellas que nos obligan a detenernos y mirar hacia lugares que normalmente evitamos. Nos enfrentan a contradicciones, ponen en duda nuestras costumbres y nos muestran posibilidades que hasta ese momento permanecían ocultas.
Precisamente por eso resultan incómodas.
No porque sean negativas, sino porque tienen la capacidad de ampliar nuestra comprensión. Y crecer casi siempre implica aceptar que todavía existe algo que no habíamos visto.
Las preguntas cómodas mantienen el camino.
Las preguntas incómodas pueden cambiar su dirección.
El miedo también formula preguntas
Existe una idea que me resulta especialmente reveladora.
Muchas veces no dejamos de preguntar porque ya lo sepamos todo. Dejamos de preguntar porque tenemos miedo de lo que podríamos descubrir.
¿Qué pasará si la respuesta contradice lo que llevo años creyendo?
¿Y si me obliga a tomar una decisión?
¿Y si descubro que estaba buscando en el lugar equivocado?
En ese momento comprendemos que el verdadero obstáculo no siempre es la falta de respuestas. En ocasiones, es la falta de valentía para formular determinadas preguntas.
Cambiar la dirección de la búsqueda
Imagina que llevas años buscando un tesoro en el mismo lugar. Cavas con esfuerzo y dedicación, convencido de que tarde o temprano aparecerá.
Entonces alguien se acerca y te pregunta por qué estás buscando precisamente ahí.
No te ofrece una respuesta.
Solo cambia la pregunta.
Sin embargo, esa pequeña modificación hace que te desplaces unos metros. Allí aparecen las primeras pistas y comprendes que el problema nunca estuvo en tu capacidad para buscar, sino en el lugar donde habías decidido hacerlo.
Las buenas preguntas tienen ese poder. No siempre nos entregan el tesoro, pero muchas veces cambian la dirección de nuestra búsqueda.
Las preguntas que evitamos hacer también hablan de nosotros
Comprender que las preguntas que evitamos hacer también hablan de nosotros es aceptar que la curiosidad no consiste únicamente en querer aprender. También implica estar dispuesto a descubrir aquello que puede transformar nuestra manera de pensar.
Las respuestas amplían nuestro conocimiento.
Las preguntas amplían nuestro horizonte.
Y las preguntas que más evitamos suelen señalar precisamente el lugar donde todavía tenemos más posibilidades de crecer.
Quizá no siempre nos limite la falta de respuestas.
Quizá lo que realmente nos limita sea la pregunta que todavía no nos hemos atrevido a formular.
¿Qué pregunta llevas demasiado tiempo evitando hacerte?
¿Y qué podría cambiar en tu vida si algún día decidieras formularla?

