Toda acción tiene consecuencias

Toda acción tiene consecuencias

Aceptar que toda acción tiene consecuencias puede parecer una afirmación demasiado evidente. Sin embargo, vivir siendo realmente conscientes de ello resulta bastante más complicado. Cada palabra, decisión o comportamiento introduce algo nuevo en nuestra realidad y, muchas veces, también en la de quienes nos rodean.

No significa que podamos saber exactamente qué sucederá después. Tampoco que debamos vivir condicionados por todas las posibilidades. Significa reconocer algo mucho más sencillo: cuando actuamos, ponemos algo en movimiento.

Siempre sucede algo después

En la entrada anterior diferenciábamos entre efecto y consecuencia.

Una acción puede producir un efecto inmediato, mientras que sus consecuencias pueden prolongarse mucho más allá de ese primer resultado.

Algunas serán evidentes.

Otras apenas perceptibles.

Incluso existirán consecuencias que nunca llegaremos a conocer.

Pero que no podamos observarlas no significa necesariamente que no hayan ocurrido.

Una conversación puede modificar ligeramente una decisión. Esa decisión puede provocar otra y terminar llevando a alguien hasta un lugar que nunca habíamos imaginado.

Ser responsable no significa controlarlo todo

Aquí recuperamos una palabra que ya hemos trabajado anteriormente: responsabilidad.

Reconocer nuestra responsabilidad no significa atribuirnos todo aquello que sucede después de nuestros actos.

Sería imposible.

Cada consecuencia entra en contacto con otras personas, circunstancias y decisiones que ya no dependen únicamente de nosotros.

Nuestra responsabilidad consiste en reconocer nuestra parte.

En aceptar que fuimos una de las causas que pusieron aquello en movimiento, aunque después aparecieran muchas otras.

Prever sin intentar controlar

Antes de actuar podemos intentar anticipar determinados resultados.

De hecho, hacerlo forma parte de una conducta consciente.

Podemos preguntarnos qué puede suceder, quién puede verse afectado o si estamos preparados para aceptar determinadas consecuencias.

Pero existe un límite.

Nunca podremos preverlo todo.

Por eso vivir conscientemente no consiste en acertar con todas nuestras predicciones. Consiste en valorar aquello que razonablemente podemos conocer y aceptar la incertidumbre restante.

La responsabilidad empieza donde termina nuestra necesidad de control.

Toda acción tiene consecuencias

Comprender que toda acción tiene consecuencias tampoco debería llevarnos al miedo de actuar.

Debería conducirnos hacia una mayor consciencia.

No podemos permanecer inmóviles intentando calcular todas las posibilidades. Incluso no hacer nada puede producir consecuencias.

Lo importante es reconocer que nuestras decisiones tienen continuidad.

Somos responsables de aquello que ponemos en marcha, aunque no seamos responsables absolutos de todo lo que suceda después.

Quizá madurar consista precisamente en aceptar ambas cosas al mismo tiempo.

Actuar sabiendo que algo sucederá.

Y aceptar que nunca sabremos exactamente hasta dónde llegará.

¿Qué pequeñas decisiones tuyas terminaron teniendo consecuencias mucho mayores de las que imaginabas?
¿Podemos responsabilizarnos de nuestros actos sin intentar controlar todo aquello que sucederá después?


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