Ser coherente también es aceptar las consecuencias

Ser coherente también es aceptar las consecuencias

Si supieras que una decisión coherente contigo tendrá consecuencias que no puedes controlar, ¿la tomarías igualmente? Después de hablar sobre efectos, consecuencias y reacciones, esta pregunta nos lleva hasta el verdadero fondo de toda la reflexión. Ser coherente también es aceptar las consecuencias, porque actuar conscientemente no consiste en garantizar un resultado, sino en saber desde dónde hemos decidido actuar.

Podemos intentar prever aquello que sucederá. Nunca podremos conocerlo todo. Por eso llega un momento en que debemos dejar de calcular y decidir qué queremos poner nosotros en movimiento.

Somos un nuevo paso uno

En la entrada anterior vimos que incluso una reacción vuelve a convertirse en una nueva causa.

Algo puede haber comenzado mucho antes de llegar hasta nosotros.

Pero cuando decidimos actuar, nuestra parte empieza ahí.

Podemos buscar eternamente el eslabón anterior para justificar nuestro comportamiento o aceptar que, desde ese momento, somos responsables de aquello que hacemos.

La pregunta deja entonces de ser quién empezó.

Y aparece otra mucho más importante:

¿Qué empieza conmigo?

La coherencia está antes que la consecuencia

Ser coherente no significa actuar siempre de la misma manera ni hacerlo perfectamente.

Tampoco consiste en obedecer cualquier emoción que aparezca.

Podemos sentir enfado y decidir no gritar. Podemos sentir miedo y avanzar. Podemos equivocarnos un día sin convertir ese error en nuestra forma habitual de comportarnos.

La coherencia tiene más relación con los principios de la persona que queremos ser.

Por eso se encuentra antes de la consecuencia.

Primero decidimos desde dónde queremos actuar.

Después descubrimos qué provoca nuestra decisión.

Aceptar no significa desear

Una decisión coherente también puede producir consecuencias desagradables.

Poner un límite puede molestar a alguien.

Decir que no puede decepcionar.

Abandonar un camino puede generar incertidumbre.

No elegimos necesariamente esas consecuencias, pero podemos estar dispuestos a aceptarlas si nuestra decisión ha sido suficientemente reflexionada.

Eso no significa ignorar sus efectos.

Significa asumir que vivir conforme a nuestros principios no garantiza resultados agradables.

Responsabilidad sin necesidad de control

Nunca podremos prever todas las consecuencias.

Podemos valorar posibilidades, utilizar nuestra experiencia y pensar antes de actuar. Después tendremos que aceptar que una parte permanecerá fuera de nuestro control.

Ahí aparece nuevamente la responsabilidad.

No como culpa.

No como carga.

Sino como reconocimiento.

Esto empezó, al menos en parte, conmigo y acepto mi parte dentro de aquello que suceda.

Ser coherente también es aceptar las consecuencias

Comprender que ser coherente también es aceptar las consecuencias cierra el círculo iniciado al hablar de causa y efecto.

Todo lo que hacemos introduce algo nuevo en la realidad.

No podremos conocer todos sus efectos.

No podremos prever todas sus consecuencias.

No podremos controlar todas las reacciones.

Pero sí podemos trabajar para conocer desde dónde actuamos.

Quizá vivir conscientemente no consista en controlar aquello que sucederá después.

Consista en poder mirar nuestra decisión y reconocer que, con la información que teníamos, estábamos dispuestos a convertirnos en la causa de aquello que razonablemente podía comenzar con ella.

Porque no podemos decidir hasta dónde llegará cada onda.

Pero sí podemos decidir qué piedra queremos lanzar al agua.

¿Aceptarías una consecuencia incómoda si supieras que tu decisión sigue siendo coherente con la persona que quieres ser?
¿Antes de actuar te preguntas alguna vez qué estás dispuesto a poner en movimiento?


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