Al recuperar las entradas que escribí hace un año, vuelvo a encontrar una idea que entonces me llevó desde el significado de dos palabras hasta una reflexión mucho más profunda: del equilibrio a la neutralidad puede existir todo un camino de consciencia. A simple vista parecen conceptos cercanos, incluso podríamos utilizarlos como sinónimos en algunas situaciones, pero al profundizar en sus raíces descubrimos que representan posiciones muy diferentes ante la realidad.
El equilibrio necesita los extremos. Los reconoce y busca compensarlos. La neutralidad, sin embargo, intenta situarse fuera de esa dualidad para observar sin necesidad de posicionarse.
Hace un año empecé preguntándome por dos palabras y terminé llevándolas al alma y al espíritu. Quizá ahí esté nuevamente el poder del lenguaje: comprender una palabra puede ayudarnos a comprendernos.
Equilibrar no es lo mismo que permanecer neutral
En la primera de aquellas reflexiones partí de la etimología. Equilibrio procede de aequilibrium, donde encontramos la idea de igualar una balanza. Neutralidad, por su parte, nace de neutralitas, vinculada a no situarse ni en un lado ni en otro.
La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la perspectiva.
Para equilibrar necesitamos reconocer dos fuerzas y realizar ajustes. Es la imagen del funambulista que debe moverse continuamente para mantenerse sobre la cuerda. La neutralidad propone algo diferente: bajarse metafóricamente de esa cuerda y observarla desde fuera.
Aquella entrada me llevó a comprender que ninguna posición es necesariamente mejor. Habrá situaciones donde necesitemos buscar equilibrio y otras donde tomar distancia nos permita observar con mayor objetividad.
Lo interesante es ser capaces de reconocer desde qué lugar estamos actuando.
Del alma que equilibra al espíritu que trasciende
Dos días después llevé aquella diferencia al terreno espiritual. Si el alma vive entre opuestos, su aprendizaje puede consistir precisamente en integrarlos. Luz y sombra, materia y espíritu, deseos y aspiraciones forman parte de una dualidad que necesita encontrar cierta armonía.
Pero el espíritu puede representar otro estado.
En aquella reflexión planteaba la neutralidad espiritual no como indiferencia, sino como una consciencia capaz de observar sin juzgar. Ya no necesitaría encontrar el punto medio entre los extremos porque habría trascendido la necesidad de separarlos.
Así aparecía un recorrido interesante: primero aprender a equilibrar para después poder trascender. El alma se mueve buscando armonía; el espíritu permanece observando desde la quietud.
No son necesariamente dos caminos diferentes. Pueden ser dos momentos de un mismo proceso.
Volver sobre aquellas palabras me hace pensar que del equilibrio a la neutralidad existe una evolución que también podemos trasladar a nuestra vida cotidiana. Primero necesitamos reconocer nuestros extremos, comprenderlos y aprender a convivir con ellos. Pretender trascender aquello que todavía no hemos integrado quizá sea simplemente otra forma de evitarlo. Pero cuando hemos hecho ese trabajo, puede aparecer un nuevo lugar desde el que observar. Ya no necesitamos inclinarnos constantemente hacia un lado u otro para mantenernos en pie. Tal vez entonces descubramos que la verdadera serenidad no consiste únicamente en encontrar el punto medio, sino en alcanzar un estado desde el que los extremos dejan de enfrentarse. Y es ahí donde del equilibrio a la neutralidad deja de ser una comparación entre dos palabras para convertirse en un posible camino de consciencia.

