La influencia de los padres y el carácter propio de los hijos

La influencia de los padres y el carácter propio de los hijos

Al recuperar las entradas que escribí hace un año, vuelvo a una de esas cuestiones que inevitablemente aparecen cuando hablamos de paternidad: la influencia de los padres y el carácter de los hijos. Como padres tenemos una responsabilidad evidente sobre su educación, el entorno que creamos y el ejemplo que ofrecemos, pero eso no significa que todo lo que nuestros hijos hagan, piensen o lleguen a ser dependa exclusivamente de nosotros.

La influencia de los padres y el carácter de los hijos conviven con otros elementos que no podemos controlar. Cada niño tiene su temperamento, vive experiencias diferentes y recibe influencias del colegio, los amigos o la sociedad.

Hace un año me preguntaba dónde termina nuestra responsabilidad y dónde comienza su propio camino. Quizá aprender a distinguirlo también forme parte de ser padre.

La responsabilidad de sembrar sin controlar el fruto

En una de aquellas reflexiones me preguntaba hasta qué punto somos responsables del comportamiento de nuestros hijos. La respuesta no puede reducirse a un sí o un no, porque nuestra influencia es enorme, pero nunca absoluta.

Los padres construimos gran parte del entorno en el que crecen. Educamos mediante las palabras, las normas y los valores, pero especialmente a través de nuestros actos. La coherencia entre aquello que decimos y aquello que hacemos se convierte así en una de las formas más profundas de educación.

Sin embargo, nuestros hijos no son copias de nosotros.

Llegará un momento en el que tomarán decisiones propias, se equivocarán y elegirán caminos que quizá no compartamos. Aceptarlo supone entender la paternidad consciente como un equilibrio entre influir y controlar, entre acompañar y permitir que experimenten.

Aquella entrada terminaba con una metáfora que sigue teniendo mucho sentido: nosotros podemos sembrar valores y preparar el terreno, pero no podemos decidir completamente cómo crecerá la semilla.

Cada hijo trae consigo su propia semilla

Dos días después profundicé precisamente en esa semilla para hablar del carácter y la actitud. Porque incluso dentro de una misma familia podemos comprobar que aquello que funciona con un hijo no necesariamente funciona con otro.

Cada niño llega con un temperamento propio. Su forma de reaccionar, relacionarse o afrontar determinadas situaciones no nace únicamente de nuestra educación. Nosotros aportamos amor, límites, valores y experiencias, pero existe una esencia que no hemos creado y que debemos aprender a acompañar.

Además, conforme crecen, el mundo exterior gana protagonismo. Amistades, profesores, experiencias y especialmente la adolescencia incorporan nuevas influencias a la construcción de su identidad.

Aquella reflexión me ayudó a comprender que educar tampoco consiste en conseguir un resultado concreto. Podemos preparar un terreno fértil, pero cada hijo crecerá a su manera.

Miradas ahora de forma conjunta, ambas entradas me ayudan a colocar la influencia de los padres y el carácter de los hijos en un lugar mucho más sereno. Tenemos una responsabilidad enorme, porque nuestras palabras, actos y decisiones dejan huella, pero asumir nuestra responsabilidad no significa cargar con todo aquello que nuestros hijos hagan durante su vida. Nuestra tarea es ofrecerles el mejor terreno posible, acompañarlos mientras crecen y aceptar que llegará un momento en el que serán ellos quienes decidan qué hacer con todo lo recibido. Quizá educar también consista en comprender esta aparente contradicción: sentirnos profundamente responsables de nuestra parte y, al mismo tiempo, suficientemente conscientes para aceptar que nunca podremos controlar el resultado.


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