Hay veces que no sabes muy bien porqué tu cuerpo te llama a hacer algo. Este sábado pasado tuve la oportunidad realizar la construcción de un tambor chamánico con mis propias manos. Era algo que no había planificado, pero en cuanto supe de aquel taller vi la oportunidad perfecta para crear un instrumento sanador y compartirlo con mi pequeña de siete años. Desde la meditación inicial hasta la despedida con los asistentes al taller, todo mantuvo una energía distinta, casi ajena al ruido cotidiano.
El viaje interior antes del primer golpe
La jornada arrancó con una meditación guiada para “conocer” a nuestro animal de poder. En mi caso surgió el lobo y el cuervo, símbolos de intuición y transformación. Mi hija, con ojos brillantes, visualizó un león de melena azul y cola ondulante. Aquella sesión plantó la semilla del tambor chamánico: yo lo bauticé “Impacto”, un pacto conmigo mismo; ella lo llamó “Agua”, fuente de fluidez y conexión.
Mano a mano con mi hija
Trabajar codo con codo fortaleció nuestro vínculo. Mientras yo tensaba el cuero sobre el aro, ella me pasaba las cuerdas y contaba, con absoluta certeza, el mensaje del indio que la acogía dentro de un tipi: “Yo soy tú y tú eres yo, ahora y siempre”. Esa “segunda opinión” ocupó un lugar tan valioso como cada una de las tareas que debían realizarse para hacer el tambor. Entre risas, silencios y consejos improvisados, el tambor fue tomando forma y significado.
El escenario y sus guardianes
El entorno nos regaló compañía inesperada: un gallo que cantaba, dos ocas curiosas y una sombra generosa de frutales. Aquella melodía de plumas y ramas añadió un matiz orgánico al proceso. No éramos meros artesanos, sino espectadores de un pequeño oasis donde el tiempo se diluía y la creación sanadora cobraba sentido.
Más allá del instrumento
El poder del tambor no reside solo en su sonido, sino en la experiencia compartida. Sentí que, al honrar la tradición ancestral y al tejer este vínculo con mi hija, cultivábamos una semilla de presencia consciente que germinará con nosotros. Este tambor chamánico, “Impacto”, es ahora un recordatorio de que, a veces, lo inesperado es el mejor maestro.
¿Qué significado personal te llevarías si construiras tu propio tambor?
¿Cómo compartirías este proceso con alguien a quien amas?

