Levantar el vuelo depende de ti

Levantar el vuelo depende de ti

En las entradas de la semana de hace un año comprendí que levantar el vuelo no es una promesa mágica, sino una decisión que nace desde dentro. Y cuanto antes lo aceptes, antes podrás actuar. Nadie puede volar por ti. Nadie puede sostenerte eternamente.

El impulso para despegar está ahí, esperando a que te hagas cargo de lo que necesitas levantar. No importa si lo que pesa es físico, emocional o mental. Todo lo que cargas está pidiendo una sola cosa: ser reconocido para ser transformado.

Levantar el vuelo empieza cuando dejas de mirar fuera y empiezas a activar tu poder interno. Y en ese proceso, las palabras que eliges (las que te dices y las que proyectas) son parte clave. Porque no se trata solo de querer volar. Se trata de conjurarlo con acción, con intención, con decisión.


Levanta lo que tengas que levantar. De ti depende

En la primera entrada de esa semana escribí sobre el peso que arrastramos y cómo solo nosotros podemos levantarlo. Puede sonar duro, pero es real: nadie va a venir a salvarte. Solo tú puedes hacer el trabajo.

A veces la vida nos deja en el suelo, y no es casualidad. Es ahí donde empieza el verdadero proceso de levantarse. De mirar lo que duele. De recoger lo que sirve. De soltar lo que ya no.

Levantarse no es un acto brusco, sino consciente. Implica reconocer qué parte de ti está pidiendo atención. Y cuando lo haces, te das cuenta de que ese gesto, aparentemente pequeño, es el que te prepara para volar.

Porque antes de levantar el vuelo, tienes que saber desde dónde partes. Y abrazar el momento en el que decides que seguir abajo ya no es una opción.

Lo mejor de todo es que este aprendizaje lo saco de una canción, que se ha convertido, posiblemente, en mi favorita, por diferentes razones, o a lo mejor sea por el momento que estoy transitando. Así que se trata de una medicanción. Conocela pinchando en el título de esta párrafo.

Volando libre: abracadabra

Hace un año cerré ese ciclo con una palabra mágica: abracadabra. De origen arameo, su significado es profundo: “yo creo según hablo”. Entendí entonces que hablar no es inocente. Cada palabra es una llave. Cada frase, una dirección.

Decir que quieres volar no basta. Hay que conjurarlo. Hay que habitar las palabras, creerlas y vivirlas. Porque si las palabras crean, entonces lo que dices puede convertirse en realidad.

Volar libre no significa escapar, sino estar donde quieres con ligereza. Y esa ligereza llega cuando tus palabras, tus pensamientos y tus acciones están alineados. Cuando ya no repites lo que otros esperan, sino lo que tú eliges declarar.

Levantar el vuelo, entonces, es un acto de magia interior. Y tú eres el mago, el verbo y el ala. Y todo esto te lo recita una canción que si eres de mi quinta, seguro que conoces, has bailado y cantando, sin ser consciente de su mensaje.

Levantar el vuelo depende de ti. No es una exigencia, es una posibilidad. Hace un año entendí que para volar hay que soltar, hay que hablar desde la verdad y hay que levantarse desde lo profundo. No hay abracadabra más poderoso que el que nace de tus propios actos.

La ligereza no se compra: se construye. Y cada vez que eliges moverte, aunque sea un milímetro, estás dándole forma a tus alas. Así que mira lo que cargas, decide lo que dejas atrás y pronuncia en voz alta la vida que quieres vivir.


Publicado

en

por

Etiquetas: