La confianza rara vez aparece de golpe. Puede empezar con una intuición, con una primera impresión o incluso con algo de fe, pero necesita tiempo para consolidarse. La confianza se afianza con la experiencia porque cada situación vivida añade información sobre nosotros mismos y sobre los demás. No se trata únicamente de acumular éxitos, sino de comprobar cómo actuamos, cómo respondemos y qué aprendemos cuando las cosas no salen como esperábamos.
Afianzar es hacer más firme
La palabra afianzar conserva la misma familia que venimos explorando. Afianzar significa hacer algo más firme, darle estabilidad o reforzar aquello que todavía necesita sostenerse. Aplicado a la confianza, describe perfectamente el proceso por el que una sensación inicial acaba convirtiéndose en algo mucho más sólido.
No confiamos más porque nos repitamos que somos capaces. Confiamos más cuando vivimos situaciones que nos permiten comprobarlo. Cada experiencia aporta una pequeña evidencia y, con el tiempo, esas evidencias forman una base sobre la que podemos apoyarnos con mayor seguridad.
No hace falta acertar para ganar confianza
A veces relacionamos confianza con éxito, como si solo pudiéramos confiar en nosotros cuando las cosas salen bien. Sin embargo, muchas de las experiencias que más nos afianzan son precisamente aquellas en las que nos equivocamos y conseguimos aprender de ello.
Podemos tomar una decisión incorrecta y descubrir que sabemos rectificar. Podemos fracasar en algo y comprobar que somos capaces de volver a intentarlo. Podemos atravesar una dificultad y salir de ella con más información sobre nuestros límites, nuestras capacidades y nuestra manera de responder.
La experiencia no siempre confirma que teníamos razón, pero casi siempre nos ayuda a conocernos mejor.
También construimos un historial con nosotros mismos
De la misma forma que observamos los actos de los demás para decidir si confiamos en ellos, también acumulamos un historial propio. Recordamos aquello que cumplimos, las promesas que abandonamos, los momentos en los que perseveramos y aquellos en los que dejamos de intentarlo demasiado pronto.
Ese historial influye en la credibilidad que tenemos ante nosotros mismos.
Si me prometo continuamente cosas que después abandono sin una razón clara, llegará un momento en que mis propias palabras pierdan fuerza. En cambio, cuando compruebo que suelo cumplir aquello que decido, mi confianza se vuelve más sólida.
Nuestra palabra también puede convertirse en una forma de fianza.
La confianza también conoce los límites
Afianzar la confianza no significa convencernos de que podemos hacerlo todo. De hecho, una confianza madura también sabe reconocer aquello para lo que todavía no está preparada.
Cuanta más experiencia acumulamos, mejor conocemos nuestras fortalezas y nuestros límites. Esa información no reduce necesariamente nuestra confianza, sino que la hace más realista.
Confiar en uno mismo no consiste en pensar que cualquier cosa será posible. Consiste en saber qué podemos sostener hoy y atrevernos, cuando llegue el momento, a descubrir si podemos llegar un poco más lejos.
La confianza se afianza con la experiencia
Comprender que la confianza se afianza con la experiencia cambia la manera de relacionarnos con nosotros mismos. Ya no necesitamos esperar a sentirnos completamente seguros antes de actuar, porque sabemos que la seguridad también se construye actuando.
Cada experiencia añade información. Cada aprendizaje refuerza o modifica aquello que creíamos sobre nosotros. Cada promesa cumplida aumenta nuestra credibilidad interior.
Por eso la confianza no es una afirmación que repetimos, sino una relación que vamos construyendo con nosotros mismos.
Y cuanto más honestamente vivimos nuestras experiencias, más sólida puede volverse esa fianza interior.
¿Qué experiencias han aumentado más tu confianza en ti, incluso aunque no terminaran como esperabas?
¿Hasta qué punto crees que cumplir tu propia palabra influye en la confianza que tienes en ti mismo?

