Hay acciones tan cotidianas que dejamos de prestarles atención. Respirar es una de ellas. Lo hacemos miles de veces al día sin pensar en ello, como si fuera un simple mecanismo para mantenernos vivos. Sin embargo, cuando observamos este proceso con calma, descubrimos que respirar es mucho más que coger aire. Es un ciclo perfecto que puede enseñarnos mucho sobre la forma en que vivimos.
Quizá por eso el verbo inspirar acabó adquiriendo un segundo significado. Porque antes de inspirar a alguien, todos aprendemos a inspirar aire.
Respirar es un equilibrio
Cuando pensamos en respirar solemos imaginar únicamente el momento en que el aire entra en nuestros pulmones. Incluso utilizamos el verbo inspirar para referirnos a ese instante.
Sin embargo, una respiración completa nunca está formada por un solo movimiento.
Primero inspiramos.
Después espiramos.
Llenarnos es tan importante como vaciarnos.
No existe una buena inspiración sin una buena espiración.
Y esa idea, aparentemente fisiológica, es también una metáfora de la vida.
Antes de llenarte, necesitas hacer espacio
Muchas veces buscamos nuevas ideas, nuevas experiencias o nuevas formas de entender el mundo. Queremos aprender más, crecer más o avanzar más.
Pero pocas veces nos preguntamos si todavía queda espacio para todo ello.
Los pulmones no pueden recibir aire nuevo si permanecen completamente llenos. Necesitan vaciarse antes de volver a inspirar.
Quizá nosotros también.
Hay creencias que necesitan salir.
Miedos que necesitan marcharse.
Incluso certezas que, con el tiempo, dejan de servirnos.
Aprender no siempre consiste en incorporar algo nuevo. A veces consiste en dejar marchar aquello que ya no nos permite respirar con libertad.
No todos respiramos igual
Respirar es un acto universal.
Todos lo hacemos desde el primer instante de nuestra vida.
Sin embargo, no todos respiramos de la misma manera.
Hay quien respira deprisa y vive acelerado.
Hay quien contiene el aire sin darse cuenta.
Hay quien apenas llena sus pulmones.
Y también hay quien ha aprendido a respirar con calma, aprovechando cada inspiración y cada espiración.
El aire puede ser el mismo para todos.
La diferencia está en cómo lo respiramos.
Y quizá esa diferencia también explique por qué dos personas pueden vivir experiencias muy parecidas y obtener aprendizajes completamente distintos.
La experiencia también se respira
Con el tiempo aprendemos que respirar no consiste únicamente en dejar entrar aire.
También aprendemos cuándo hacerlo.
Cómo hacerlo.
Con qué ritmo.
Con cuánta profundidad.
La experiencia transforma un acto automático en un acto consciente.
Algo parecido sucede con la vida.
Todos acumulamos experiencias, pero no todos sabemos respirarlas. Algunas personas las dejan pasar sin detenerse. Otras las observan, las integran y permiten que cambien su manera de mirar el mundo.
La diferencia no siempre está en lo que vivimos.
Está en cómo lo respiramos.
Respirar es mucho más que coger aire
Comprender que respirar es mucho más que coger aire nos recuerda que vivir tampoco consiste únicamente en acumular experiencias. Igual que una respiración necesita inspirar y espirar, una vida plena también necesita aprender a recibir y a soltar.
Quizá la calidad de nuestra vida dependa menos de todo lo que incorporamos y mucho más de nuestra capacidad para vaciarnos cuando llega el momento.
Porque solo quien deja espacio puede volver a llenarse.
Y solo quien aprende a respirar profundamente termina descubriendo que, en ocasiones, las lecciones más importantes no llegan cuando entra algo nuevo, sino cuando por fin somos capaces de dejar salir aquello que ya no necesitábamos.
¿Qué crees que necesitas soltar para dejar espacio a algo nuevo?
¿Estás viviendo tus experiencias o simplemente las estás acumulando?

