Aunque suelen aparecer muy cerca y comparten un territorio etimológico relacionado con fides, fe y confianza no son lo mismo. Ambas hablan de creer, pero lo hacen desde lugares distintos. La fe puede existir sin pruebas previas, mientras que la confianza necesita algún tipo de experiencia que la respalde. Por eso podemos tener fe en algo que nunca hemos vivido y, en cambio, nuestra confianza suele crecer o disminuir según aquello que vamos comprobando con el tiempo.
La fe no necesita pruebas
La fe tiene algo de salto. Podemos creer en algo incluso cuando todavía no tenemos evidencias suficientes para sostener esa creencia. Por eso se utiliza tanto en el ámbito religioso, donde la fe no depende de una demostración material para existir. Se tiene o no se tiene, y precisamente su fuerza está en poder mantenerse incluso cuando no existe una garantía visible.
Algo parecido puede ocurrir con nosotros mismos. Podemos tener fe en que seremos capaces de hacer algo que nunca hemos intentado. Todavía no tenemos experiencia, resultados ni una fianza que lo respalde, pero esa fe puede ser suficiente para dar el primer paso. En ese momento no sabemos si podremos hacerlo; simplemente decidimos creer que merece la pena intentarlo.
La confianza tiene memoria
La confianza funciona de otra manera porque acumula experiencia. Cuando confiamos en una persona, solemos hacerlo teniendo en cuenta aquello que ha demostrado anteriormente. Sus actos, su coherencia, sus decisiones y la forma en que ha respondido en determinados momentos van construyendo una especie de historial que nos permite darle más o menos crédito.
Por eso la confianza puede crecer, disminuir o incluso desaparecer. Una persona puede ganársela con el tiempo y también perderla cuando sus actos dejan de respaldar aquello que esperábamos. En ese sentido, la confianza parece más medible que la fe, porque podemos reconocer hasta qué punto la experiencia disponible avala aquello que estamos dispuestos a creer.
La experiencia convierte la fe en confianza
Esta diferencia se entiende especialmente bien cuando pensamos en algo que todavía no sabemos hacer. Al principio podemos necesitar fe para intentarlo, porque todavía no tenemos pruebas de nuestra capacidad. Después llega la acción y, con ella, la experiencia. Entonces empezamos a obtener información sobre nosotros mismos y sobre aquello que realmente somos capaces de sostener.
No importa únicamente acertar. También podemos equivocarnos, aprender y terminar con una confianza mayor que antes. La experiencia no sirve solo para confirmar que podemos hacer algo, sino también para descubrir cómo respondemos cuando no sale como esperábamos. Todo eso va construyendo una fianza más sólida sobre la que apoyar futuras decisiones.
Necesitamos fe para ampliar la confianza
Existe, además, una paradoja interesante. Si solo hiciéramos aquello que ya sabemos que podemos hacer, nuestra confianza nunca crecería demasiado. Llegaría un momento en que tendríamos que salir de lo demostrado y volver a creer un poco más allá de nuestras pruebas.
Ahí vuelve a aparecer la fe.
Podemos pensar que somos capaces de algo que todavía no podemos avalar con experiencia. Si damos el paso, vivimos la situación y aprendemos de ella, esa fe inicial puede transformarse en una nueva confianza. Por eso podríamos decir que necesitamos fe para ampliar los límites de aquello en lo que ya confiamos.
Fe y confianza no son lo mismo
Comprender que fe y confianza no son lo mismo permite ordenar mejor dos conceptos que solemos utilizar casi como sinónimos. La fe no necesita pruebas para existir, mientras que la confianza se construye gracias a ellas. Una nos permite avanzar cuando todavía no podemos demostrar; la otra crece cuando la experiencia empieza a respaldar aquello que creemos.
Incluso la sobreconfianza puede entenderse desde esta diferencia. Cuando creemos mucho más de lo que nuestra experiencia puede sostener, ya no estamos aumentando nuestra confianza, sino volviendo a entrar en el terreno de la fe.
Quizá por eso ambas sean necesarias. La fe nos permite dar el primer paso y la experiencia nos da la oportunidad de convertir ese paso en confianza.
¿En qué momentos de tu vida has tenido que avanzar con fe porque todavía no tenías experiencias que te respaldaran?
¿Crees que tu confianza en ti ha aumentado más por tus aciertos o por todo lo que has aprendido cuando te equivocaste?

